UNINICIO

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NUESTROS ORÍGENES

Terminar filosofía mientras formaba parte de un claustro de 50 profesores de primaria y, sin quererlo, darme cuenta qué en la sencillez residen los grandes pensamientos. Ese descubrimiento me llevó a Madrid para seguir aprendiendo que la educación era el primer paso para conseguir mejorar ciertas cosas; si educas, generas una sociedad mejor.

10 años viendo pasar cientos de alumnos y constatar que ninguno era igual que el otro; 10 años descubriendo que, poco a poco y sin pausa, la sociedad iba cambiando y dejaba demasiados fuera.

Cada vez que me encontraba ante un alumno brillantemente incapaz de seguir la normalidad sentía morir. Ningún sistema está pensado para una sola persona, por genial que sea esta; es más, los sistemas si algo buscan, es normalizar. Uno de tantos me obligó a conocer una realidad totalmente desagradable: los centros de menores o centros de reeducación.

¿Cómo es posible que una sociedad permita que tantos jóvenes, en el mejor momento de su vida, pierdan posibilidades u oportunidades allí encerrados?

Después de ver en caterings benéficos, fiestas de fin de curso y servicios de cenas, donde ganar algo para el viaje de finde curso, donde los chicos aprendían a cocinar y servir pudimos ver la envergadura educativa que tenía la cocina.

Comenzamos con cursos desordenados con la mayor intención. Pero no acababa de funcionar; los chicos necesitaban más tiempo, más orden y más implicación por nuestra parte.

Con todo, decidimos visitar a muchos de los grandes cocineros españoles y contarles aquella nebulosa que recorría nuestras ideas. Pudimos escucharles, entender necesidades y ver posibles formas de colaborar. El último que conocí fue a Dabiz, al que pedí si podría formarme con él lavando platos durante algunos servicios; su contestación no tiene perdida: “si quieres aprender a cocinar, vienes a cocinar y no a lavar platos”.

Los años que me brindó Dabiz dejando que aprendiera entre los mejores todas las implicaciones de querer hacer las cosas de manera distinta; las largas conversaciones que dejaban entrever que era posible que lo social no fuera contrario a la excelencia; las noches, fines de semana y fiestas de guardar donde me dejó ver que lo imposible no existía. “No pain, no gain”, me decía con seguridad.

Corría 2016 y los deseos de hacer grandes cosas me llevaban en volandas a pensar que era posible una nueva forma de hacer. Todo lo aprendido durante tantos años en Primaria, los servicios en Diverxo y la relación diaria con jóvenes completamente fuera de la sociedad, me permitió entender que solo era posible dar una oportunidad a estos chicos si hablábamos con el mismo idioma que habla el mundo: el mercantil.

Por todo ello entendimos que el proyecto de UNINICIO tenía que ser un proyecto mercantil sostenible con un impacto social potente.

De este modo, promovemos la formación y el empleo de jóvenes en situación de vulnerabilidad a través de la gastronomía, además de ampliar nuestras expectativas sociales ayudando a las familias sin recursos con alimentos de primera necesidad e higiene.

Así que un lejano agosto de 2016 decidimos montar UN INICIO PARA TODOS. Ahora, cuatro años después, podemos decir que realmente hay una forma de hacer distinta a lo establecido.

Edu Roselló. Director General de UNINICIO

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